Lucía amaneció arrugada en un rincón de la cama, el otro lado vacío. Los libros amontonados sin ton ni son en las baldas. En la cocina el fregadero lleno de cacharros sucios. La ropa que llevaba puesta el día anterior esparcida por el suelo del dormitorio.
El Sol entraba por la ventana y calentaba la soledad de los dos lados de la cama. Lucía se desperezaba de la pesadilla del día anterior. Arrugado el camisón entre sus piernas, y arrugadas las sábanas blancas también.
En la mesa camilla la carta de despedida de Julio, junto a las margaritas secas, ya deshojadas. La cogió y volvió a leer la última línea: “No hay vuelta a tras…”. Arrugó entre sus manos el papel y lo tiró a la basura. Abrio las ventatas de par en par, limpio los platos de la cena, las copas de vino. Después se puso a planchar: la camisa azul, la mañana soleada, la falda de volantes y su sonrisa.

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