Los miércoles empiezan como los lunes, como los martes con el despertador sonando a las seis y veinte, tú a mi lado desperezándote, con el agua caliente, el albornoz que me envuelve, las cremas frente el espejo, la carretera a tope, un café y una porra en Moncloa y un beso en la puerta de tu trabajo, quizás algún mensaje, alguna llamada a mitad de mañana.

Los miércoles ahora como deprisa, cualquier cosa cerca del trabajo y me voy con María al gimnasio, sólo llevo unas semanas, primero tres cuartos de hora en la cinta andando a cierta velocidad (6,5) y después una clase de una hora de dar saltos, de hacer flexiones, de risas, de controlar las respiraciones, de abdominales, y total para terminar sin sudar una gota.

Te recojo en el portal de tu trabajo a las siete, otra vez la carretera de la Coruña a tope, antes de que anochezca estamos en casa. Tú en un sofá, yo en otro, Ringo en la alfombra, la tele de música de fondo, algo de lectura, a veces un poco de ordenador, una ensalada, un yogur, hasta la hora de irnos a la cama.