Hoy martes, al fin terminaron los días de fiesta.

El despertador otra vez suena a las 6,30. Levantarse temprano. Veinte kilometros de carretera . Unas porras y cafe al llegar en Princesa. Después te dejo en la puerta de tu trabajo, un último beso hasta esta noche.

Maica esperandome para tomar otro café en la máquina. Charla de vacaciones. Cada una contando lo suyo. Yo hablo del fin de semana con Mateo, el día diez cumplió un año, se me cae la baba, está precioso. Poco trabajo. No hay llamadas, ni correos.

A las once me animo a salir a comprar goma para el pantalón que estoy haciendo a Mateo. Casi no hay mercerias en los barrios perifiericos de Madrid. Es una pena me encantan las mercerías llenas de botones de nacar de distintos tamaños, de lazos de raso, de hilos de mil colores.

Ahora estoy en casa, en el porche donde me gusta sentarme, detras de los cristales, sola a leer o escribir. He comido las sobras del fin de semana. El ordenador en las piernas, aporreo las teclas. Miro lo que vosotros habeis escrito, os comento.


Ha cambiado el tiempo. Hoy otra vez ha salido el sól, da gusto estar acurrucada en el sofa amarillo entre almohadones. Tengo que poner la goma al pantalón, mañana igual me acerco a verle y ya se lo llevo. Ha quedado bien.

A las nueve menos veinte recojo a Pepe en el bus. Un beso.

Terminaron los días de fiesta, ¡¡que bien, otra vez la bendita rutina!