¿El fin de semana? Me preguntan. Muy bien, contesto. Guipuzcoa verde, el campo lleno de flores, de gotas de lluvia diminutas, y el sol que aparece y desaparece entre nubes que no quieren ser grises.

El caserío familiar donde dormimos la primera noche, con baño grande, un gato que quiere entrar en nuestra habitación, la cama pequeña y una única almohada.

Hondarribia cerca, vistas de Francia, paseo en barca, frutos de la huerta, gallinas picoteando, gafas nuevas para ver de cerca la vida, frontones vacíos, mercadillos llenos de fruta, monte junto al mar para pasear. Media pastilla y un libro para dormir.

El mejor rodaballo que nunca he comido, mesa larga para compartir con desconocidos, chipirones en su tinta. Pueblos vascos del país vecino, paseo sin descalzarme en la playa, corta siesta sola en la arena mientras te invento a mi lado, olas que quieren pillarme pero no me dejo, niños jugando con chubasquero, paraguas rojo.

Puertos pesqueros, pueblos de colores y tejados inclinados, tarde extraña de domingo, camas separadas en el parador, calles estrechas que suben, que bajan, górgolas de susto en el borde del tejado.

Desayuno con huevos, con zumo, con vistas, con tostada, jamón y tomate. Chillidas de piedra, de hierro sobre el césped, tu en un banco yo en otro a lo lejos.

Los Beatles nos acompañan en el regreso, tu vas despacio, yo siempre deprisa para que compensemos.

Quisiera escribir, pero mentiría si dijera que tu mano ha buscado la mía en el coche, en los paseos. Que no has parado de hablar, de contarme tus pensamientos.

No sería verdad si dijera que bajo tu paraguas negro me has abrazado mientras resbalaban las gotas y los sueños.

No es cierto que al despertar te hayas venido a mi cama para estar cerca, para besarme, para notar mi cuerpo entregado.

Pero a pesar de ser yo la que busqué y me enredé con tu mano y tu cuerpo, la que inicié tu abrazo, la que al despertar fui a tu cama.

A pesar de ello, ha sido un magnifico fin de semana.