Mañana doce, cumplo cincuenta y dos años. Estoy encantada con la vida a los cincuenta. Tengo un nieto precioso, me siento más segura y mejor que nunca.

Recuerdo, hace dos años, cuando iba a cumplir cincuenta. No sabía muy bien como me sentia. Llevaba todo el año convenciéndome de que cincuenta es lo mismo que cuarenta y nueve, sólo una cifra. Repitiéndome “vas a cumplir cincuenta”, “vas a cumplir cincuenta”. Lo hacía para acostumbrarme, para oírlo muchas veces y cuando ocurriera no notarlo.

Era una sensación extraña. ¿Os acordáis como nos sentíamos la noche de fin de año de 1999? La noche de final de siglo, cuando parecía que el cambiar de siglo podía cambiar nuestras vidas, pues algo parecido sentía yo.

Como si necesitara hacer montones de nuevos propósitos: lavar el coche por lo menos una vez al mes, adelgazar cuatro kilos, congeniar con el ordenador, ponerme crema en la cara todas las noches, leer un libro a la semana, poner los puntos las comas los acentos en su sitio, salir a cenar una vez al mes con mis hijas.... Nuevos planes, cambiar muchas cosas, no para el año nuevo, no para el siglo XXI, sino para los nuevos cincuenta años.

Sabía que la mitad de mi vida hacía tiempo que había pasado, pero era como si los cincuenta fueran esa mitad, era como si a partir de ese momento me quedara menos tiempo. Menos tiempo y montones de cosas que hacer. Como si la línea ahora de este lado fuera mas corta, más corta que la del lado vivido. Como si hasta entonces hubiera hecho muchas cosas, cosas muy importantes: una infancia estupenda, feliz en casa con mis padres con ocho hermanos para jugar y pelear; los veranos en el pueblo con cientos de primos, mis amigas, mis primeros amores, el noviazgo con Pepe, el nacimiento de mis hijas (eso ha sido lo más importante que he hecho, lo más importante que nunca haré) María, Ana y Marta.

Es como si hasta entonces hubiera hecho muchas cosas, diferentes cosas importantes y una vez pasada esa línea “los cincuenta” ¿qué?...

No me pasó eso al cumplir treinta, ni siquiera cuando cumplí cuarenta, esos fueron fines de años normales como 1972, como 1996, como 2004, como cualquier otro que no es fin de siglo.

Por entonces, me contaron que las mujeres a los cincuenta desaparecemos, nos hacemos invisibles a los hombres. Y yo me miraba todos los días en el espejo, en los escaparates de las tiendas, esperando desaparecer en cualquier momento. Yo no quería, ni quiero, desapareces, no quiero ser invisible.

Para colmo, también contaban las malas lenguas, que con los cincuenta aparecería la menopausia. Empezaría la ansiedad, el dormir poco, y yo ya duermo poco, ¡todavía menos! Los calores, y yo ya soy calurosa, ¡todavía más! Las hormonas que hasta entonces eran de neón, divertidas y saltarinas se convertirian de la noche a la mañana, en grises y aburridas. ¡¡Mierda!! ¡¡mierda y mierda!! yo no quería eso.

Pero cumplí cincuenta. Ese mañana me miré nada mas despertarme al espejo y me encontre con una mujer sonriente al otro lado, no había desaparecido y estaba feliz.

Han pasado dos años de eso. El jueves cumplo cincuenta y dos, y estoy feliz, es un día especial. Quiero celebrarlo con todos. Gritar fuerte, que todo el mundo lo oiga: “cumplo cincuenta y dos ¿y qué?” Es sólo una fecha es sólo un día. No he desaparecido ni soy invisible. Yo sigo estando igual de estupenda!! Me siento mejor que nunca. Mis hormonas siguen siendo todavía de neón divertidas y saltarinas.

El jueves pasará y vendrá otro día y después otro y otro y otro y otro y montones de “díasazules” de colores, días de amigos, de amor, de sonrisas, de cuentos, de besos, de trabajo, de sexo, de lluvia, de bebes, de siestas, de palabras, de caricias, de luz, de historias, de paseos, de comidas, de madrugones, de flores, de lectura, de viajes, de sueños...


Aqui os dejo una tarta de golosinas para que lo podais celebrar conmigo, coger cada uno lo que querais.