No se cuanto vive una hoja de eucalipto, pero sé que esta llevaba más de cuatro estaciones esperándome.

Al principio, era sólo un bultito pequeño que sobresalía en la rama. vivia sonriendo, desde lo alto, a los que la miraban. Feliz mientras esperaba que un día pasara por su lado yo.

Los meses se iban sucediendo y ella veía pasar a los peregrino. Este no, este no es, pensaba. Todavía ella no viene, no viene, y se impacientaba mientras crecía en la rama. Llego el verano y ya era una hoja verde, de un verde grisáceo mate, rodeada de montones de hojas preciosas como ella. Desde media altura del eucalipto, balanceándose en la rama, lo miraba todo y a todos. Escuchaba las oraciones de los peregrinos, el Ángelus que se repetía siempre al medio día.


Oía hablar del peso de las mochilas, del calor de muchas tarde, de la agradable lluvia fina, de la espesa niebla mañanera, de las alegría y las pequeñas desgracias de todos y entre todo aquello, oía una y otra vez la frase más repetida durante todo el camino por todos: “Buen camino” “Buen camino” y la aprendió, hasta ser capaz de repetirla ella bajito cientos de veces, millones tal vez, sin querer destacar mucho y que algún peregrino tirara de la rama y la atrapara sin más. ¡¡Hola, hola, buen caminos!! repetía.

Llegó el otoño y empezaron a caer las hojas del eucalipto y ella resistía, cada vez pasaban menos peregrinos, y resistía al viento fuerte, a la lluvia fina. El invierno trajo algunas nevadas, y el campo se lleno de un manto blanco durante días, pero ella aguantaba, pasó el invierno y una tarde poco antes de empezar la primavera, cuando ya otra vez los peregrinos caminaban hacia Santiago, se desengancho de la rama, empezó a volar suave, disfrutando de la caída, de la brisa que la mecía de un lado a otro y en unos minutos se encontró en el suelo, junto a otras hojas que ya habían empezado a amarillear pero ella seguía verde de ese verde grisáceo tan especial, no estaba en el camino sino debajo de aquel eucalipto inmenso. En unas semanas la brisa, el viento fuerte, la desplazo poco a poco hasta colocarla en la arena del camino, el Sol empezó a tostarla, a enrojecerla y algún insecto la picoteo oscureciendo algún trozo.

Cada día más contenta, sabia que cada vez quedaba menos, desde abajo oía mejor a los peregrinos que pasaban, algunos la miraban y ella disimulaba, se escondía debajo de alguna hoja más grande temiendo que aquel peregrino la cogiera y se la llevara con él. No tú no, tu no eres Ina con ella es con la que quiero ir, a ella es a la que espero hace tantos meses. Así un día y otro y cambiaba su aspecto y amarilleaba y se oscurecía y se mecía de un lado a otro del camino.

Empezó julio y yo me puse de camino a Santiago, con pocas cosas materiales en la mochila pero rebosando de ilusión y ganas de conseguir llegar. Ella enseguida se entero que yo ya estaba cerca, estaba cada día más nerviosa, cada día más impaciente. Cuando amaneció el día 16, el día del Carmen, oyó a algún peregrino, más rápido que yo, que yo había salido de Arzua a las siete, que estaba en camino, que ese era el día.

Aprovecho una brisa suave para colocarse en el centro del camino, encima de todas las hojas, presumiendo de su color rojo intenso, de su tamaño de su profundo olor fresco.

Llegó el momento, me vio venir de lejos, yo iba canturreando, con la máquina de fotos y con el cansancio de los 9 Km. ya recorridos, el peso de la mochila al hombro, la camiseta remangada, el Sol en lo alto, pasé a su lado y nos miramos, me llamó la atención ¡que hoja tan roja!, le hice una foto y seguí un par de pasos pero la oí “Ehhh tú no te vallas, vuelve, vuelve, estoy aquí, te estaba esperando”

Le hice otra foto, era una hoja de tamaño mediano, rojo intenso con alguna picadura de insectos , como muchas otras que había visto en el camino.

Seguí, pero la oí llamarme otra vez y retrocedí un par de pasos, la volví a mirar era bonita, pero como otras muchas que había en el camino. Disimule y mire para otro lado, medio paso más recorrí, pero volví a oírla. “Soy yo, soy yo, te esperaba” retrocedí, realmente destacaba entre las demás por ese rojo que había conseguido del sol, me agache a por ella, olía tan bien, era cierto, era ella, era la mía. Llevaba meses preparándose para mí, escondiendose de los demás peregrino, sin dejar que nadie la atrapara.

La metí en la mochila, dentro de mi acreditación de peregrino para que no se estropeara, junto a las tiritas y mi cuaderno del camino y me acompaño el resto del camino hasta Santiago para presentarnos al Santo Patron.

Cuando llegue a casa la metí en mi diario. Habia crecido en la rama de aquel eucalipto inmenso siempre pensando en terminar de marca páginas en mi diario, rodeada de mis palabras, de sentimientos, de mis pensamientos y de trocitos de mi vida.