Laura quería que Jorge le trajera regalices todas las tardes, le comprara algodón de azúcar cuando iban a la feria y montara con ella en los coches de choque, como hacían antes. Quería que le siguiera regalando rosas del jardín. Necesitaba que la besara y ya no lo hacía.

Quería que lloviera otra vez y pasear abrazados bajo un mismo paraguas.

 

Laura no entendía qué pasaba, desde hacía dos años, Jorge, ya no la acariciaba, no notaba sus manos recorriendo su cuerpo despacio. Ya no la observaba cuando Laura se vestía. No nadaban desnudos por la noche en la playa.

Jorge ya no lloraba cuando ella lloraba, ni siquiera le preguntaba por qué lloraba y ella ahora siempre lloraba.

No preparaba Jorge el baño, los domingo por la mañana, ni le frotaba la espalada, tampoco acariciaba su pecho fingiendo que lo enjabonaba y ella necesitaba sus caricias.

Él había cerrado las ventanas de su casa, había bajado las persianas y ahora ella estaba siempre a oscuras, las luces encendidas, la televisión puesta para no notar que Jorge no hablaba.

Cuando Laura despertaba a mitad de la noche, extendía su brazo hacia el otro lado de la cama y buscaba a Jorge entre las sábanas, quería dormir con sus brazos y su cuerpo pegado a la espada, lo necesitaba, lloraba por ello.

Siempre habían hecho todo juntos y ahora Jorge no hacia nada. Ella regaba el jardín, planchaba la ropa y la tendía, todo sola. No le hubiese importado si a cambio, él la acariciaba cada noche. Cuando ella hacía la comida siempre Jorge antes estaba a su lado, besándola, riéndose, echándole harina, jugando con ella. Ya no la ayudaba, ni sacaba el lavaplatos. Quería compartir el postre con la misma cuchara. Y besarlo después con sabor a chocolate.

Le gustaba cuando a mitad de mañana la llamaba, -Encanto, decía ¿Qué haces? Te quiero,- respondía ella. Y ella todavía seguía queriéndolo.

Cuando pasaba por delante del trabajo de Jorge, miraba hacia la ventana de su despacho esperando verlo, y sonreírle.

Al llegar a casa, Laura contaba lo que había hecho durante el día, pero Jorge parecía no escucharla, no le hablaba, no le contaba ya historias de miedo para que luego ella durmiera agarrada a su cuerpo.

Ella necesitaba estar a su lado, tumbarse en el sofá encima suyo. Habían dejado ya de oír música juntos y de bailar durante horas frente a la chimenea.

Sus amigas se lo decían, olvídate de él. Puedes enamorarte de otro hombre, eres joven, mereces que te quieran, que te mimen, que te besen, volver a hacer el amor otra vez, pero Laura sólo quería a Jorge, hacer el amor con él, quería notar su aliento cerca, dormir pegados, oler su cuerpo, pero todo eso se había roto.

Fue una mañana, hacia dos años, que Jorge como siempre, se acercó a Laura para despertarla con 7 besos. - Son las siete, dormilona, llegaremos tarde cariño. - Le dijo. Y ella todavía había seguido ronroneando un rato en la cama.

Mientras, él había preparado el desayuno, le había abierto la ducha y la había mirado mientras se vestía. Había besado sus labios, y juntos habían cogido el coche para ir como cada mañana al trabajo.

Tres días después del accidente, Laura se había despertado en el hospital. Había estado en coma. Jorge había muerto. Laura no recordaba nada del accidente.

Ya habían pasado dos años de su muerte y no podía resistir sin que él la tocara, las ventanas de su casa cerradas, las persianas bajadas. Laura soñaba todos los días que Jorge le traía regalices y cogía otra vez su mano.

Esto lo escribí hace un par de años cuando daba clases de escritura, Cristina me ha pedido que los lo vuelva a poner, quizás algunas personas ya me lo habías leido.  BESOS